Imágenes: Gustavo González / WCS Colombia - Facebook/Asociación de Turismo Maza Fonte
La Atelopus lozanoi es una especie de anfibio endémica de Colombia más conocida como la Rana Arlequín, que habita normalmente en praderas tropicales o subtropicales a gran altitud y ríos. Está amenazada de extinción por la pérdida de su hábitat natural y había desaparecido del radar de los biólogos y científicos hace casi dos décadas, cuando se obtuvieron los últimos registros entre 1998 y 2.000. (Después de 30 años reaparece la rana arlequín en la Sierra Nevada de Santa Marta)
Carlos Ríos es un habitante de la vereda Maza Fonté del municipio de Choachí (Cundinamarca) y contó a Wildlife Conservation Society Colombia (WCS), el cual protege la fauna y los lugares silvestres alrededor del mundo, cómo esta especie marcó su vida en la juventud y nuevamente lo hace ahora que es un adulto mayor. (Estudiantes colombianos encuentran rana que se creía extinta hace 24 años)
Actualmente tiene 65 años y heredó la finca de su padre, la misma en la que cuando cumplió la mayoría de edad pasaba días recorriendo sus terrenos y cuenta que en cada caminata que hacían podían contar cerca de 20 ejemplares juveniles y 50 adultos. “Se veía tanto como si fuera maleza. Por donde usted caminara encontraba una”, comenta.
Así describen los autores del Libro Rojo de Anfibios de Colombia la acción cuando el macho, mucho más pequeño que la hembra, se sube sobre ella y la sujeta por debajo de sus extremidades, con la intención de aparearse. Este acto era común verse hasta los años 80’s cuando los científicos aseguraron que en una sola semana podían encontrarse hasta 10 de estas parejas en pleno ‘abrazo nupcial’. Para Carlos también era común verlos sin saber que se estaban apareando, ya que su padre en medio de su ingenuidad le decía: “Mire, ahí está la mamá cargando al hijo”. Años después esta cotidiana imagen desapareció de la vista de todos. (Nace una cría del mono araña, uno de los animales que está en vía de extinción)
Carlos convirtió la finca de su padre en una especie de santuario llamada ‘El Paramillo’, creando la organización Maza-Fonté para ofrecer servicios ecoturísticos en sus terrenos, sin saber que volvería a ver a esa rana y convertirse en su salvador en esta zona de Colombia.
“También vemos osos andinos o rastros de él, venados cola blanca y venados soches, borugos, cusumbos y otros mamíferos pequeños, esto sin contar plantas como orquídeas y frailejones. Después de años sin ganadería y agricultura, la finca se ha recuperado sola, al punto de que los potreros han desaparecido y están cubiertos de vegetación”, comentó en su relato a la WCS.
“Precisamente cuando comenzamos a desarrollar ese trabajo, Merilyn Caballero, profesional de investigación y monitoreo del Parque Nacional Natural Chingaza, conociendo mi interés por la fauna y en todo el proceso de asesoramiento que nos ofreció para mejorar el trabajo con los visitantes, me mostró unas fotos de la rana y me alertó sobre la importancia que tendría reencontrarla. Ella lo había intentado sin éxito. Casualmente, días después salimos a una caminata que lideraba un biólogo y, cuando estábamos de regreso, casi de noche, él se quedó tomando unas fotos. Le advertí que estaba tarde, que debíamos ir más rápido, pero me dijo que lo esperara, porque había encontrado un animal muy bonito. Días después me mandó algunas de las imágenes y ahí estaba la sorpresa: era la A. lozanoi; así supimos que estaba nuevamente en la zona”.
“Es irónico, pero después de observarla tantas veces, ahora pasamos a celebrar cada hallazgo; quisiera hacer todo lo posible por protegerla”, dice y es algo que ha cumplido Carlos porque siendo de corazón campesino y amante de las ciencias naturales, destinó todas las hectáreas de su predio a la conservación, no solo para darle un respiro a la rana arlequín y su recuperación, sino para cuidar el resto de fauna y flora asociada con este terreno ubicado en la zona de amortiguación del área nacional protegida y a poca distancia del páramo.
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